¿Cuándo tomamos mejores decisiones?

Claudia MolinaDestacados, Educación0 Comments

    Por bastante tiempo se consideraron las emociones como enemigas del pensamiento, refranes y dichos populares acostumbramos a decir sobre la distancia que debe guardar la razón de la pasión; hemos creído que para tomar decisiones debemos “pensar en frío”, despejar la mente de la influencia sentimental que podamos tener, y por supuesto suponemos que para nuestras demás funciones intelectuales (memoria, lenguaje o aprendizaje por ejemplo)  debemos estar concentrados y dejar nuestras emociones bien guardadas.
    Para sorpresa de todos aquellos quienes son fieles a este tipo de frases, la ciencia hoy nos ha demostrado lo contrario. En realidad, una persona es capaz de razonar, aprender, memorizar y tomar decisiones más sensatas, cuando sus emociones están relacionadas con su pensamiento más racional.
    Gracias a los avances de la neurociencias en las últimas décadas, sobre todo los estudios realizados por el Dr. Antonio Damásio, hemos comenzado a entender un poco más las funciones de nuestro cerebro, así como de toda su actividad. Aunque evidentemente es un camino con mucho que recorrer, las nuevas tecnologías han permitido tener información que antes ni siquiera se imaginaban poder recolectar.
   Este reconocido neurólogo (investigador de la Universidad de California -USA, autor de varios libros y en si uno de los más productivos en el campo de la neurociencias), logró demostrar que la emoción juega un papel fundamental cuando tomamos decisiones.
    Su trabajo científico muestra que incluso antes de poder detenernos a evaluar racionalmente las opciones en la solución de un problema, ya nuestro cerebro de forma rápida e involuntaria, ha hecho conexiones con imágenes de experiencias pasadas; imágenes que utilizan una especie de impronta emocional y activan señales no solo a nivel neuronal sino en todo nuestro cuerpo, indicando sin darnos cuenta a qué opciones nos debemos inclinar para hacer nuestra elección.
    Quiere decir que, nuestro cerebro (misterioso, automático y definitivamente extraordinario) ya ha hecho el trabajo de conectar esas opciones (que ni siquiera nos hemos sentado a analizar) con algún sentimiento agradable o desagradable generado con anterioridad, ayudando a eliminar el número de opciones sobre las que decidir o simplemente resaltando a algunas sobre las demás.
    Entendamos aquí, que las emociones forman parte de un sistema con el cual nacemos, permitiéndonos tener reacciones de forma automática e involuntaria ante cualquier estimulo, es decir sin necesidad de pensar. Considerémoslas parte de nuestro organismo biológico y fundamentales para todo el proceso de regulación que nuestro cuerpo realiza para sobrevivir en su ambiente.
    Veámoslo de este modo, el miedo por ejemplo (y toda la reacción fisiológica que origina) nos permite huir ante un peligro eminente, o en el caso de la ira, nos proporciona la energía física para actuar frente a los problemas o defendernos ante las adversidades; probablemente esta sea una de las razones (antropológicamente hablando) por la cual hemos podido sobrevivir como especie.
    Por supuesto estas emociones (miedo, ira, alegría y tristeza) son básicas o innatas (no las aprendemos sino que nacemos con ellas) pero si aprendemos la conexión que hacemos de esta emoción con algún evento, originando sentimientos más complejos (admiración, compasión, resentimiento, nostalgia, entre otros).
   Con esto, los estudios del Dr. Damasio explican que estas asociaciones que realizamos (automáticas en un promedio de 500 milisegundos) son las que generan acciones y por lo tanto las que repercuten de forma directa sobre nuestra conciencia y comportamientos.
    Con la observación de pacientes y técnicas especiales pudieron concluir que aquellas personas quienes intentan razonar sus decisiones excluyendo cualquier componente emocional no siempre son capaces de tomar elecciones correctas, incluso con un alto coeficiente intelectual, no deciden en su mejor interés.
    La cuestión es que al contrario de lo que muchos han dicho (como los grandes filósofos defensores del pensamiento) las emociones sin darnos cuenta juegan un rol clave en todo nuestro proceso racional. De hecho, así como defiende el mismo Dr. Damasio, si dedicáramos más tiempo a educar, cultivar y vivir nuestras emociones en armonía, pudiéramos tomar decisiones más sensatas.

    No se trata de ser descuidados de los riesgos y tomar decisiones impulsivas, se trata de aprender a utilizar nuestras emociones y sentimientos de la forma más positiva.   Es precisamente lo que me fascina de estos estudios, nos permite (con evidencia científica y demás) entender que reprimir lo que sentimos en realidad puede ocasionarnos fallos en las elecciones que tomamos.
    Por el contrario, dedicarnos a aprender a diferenciar esas emociones que nos generan creatividad y energía nos brindará mejores oportunidades para decidir sobre nuestros intereses más convenientes y poder desligarnos de aquellas negativas que nos dirigen hacia la improductividad.
   Entonces para tomar mejores decisiones (y vivir una vida menos complicada), la razón debe ir tomada de la mano de la emoción, una emoción cultivada, desarrollada y en armonía.
Referencias y Recomendaciones
– Algunas tesis de su libro “El error de Descartes”

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