El clásico error en la crianza y, ¡cómo derrotarlo!

Claudia MolinaClínica, Familia, Niños y Adolescentes0 Comments

    A diferencia de muchos seres vivos, por largos años parecemos depender completamente de nuestros progenitores; aprendemos el cómo actuar o el qué decir gracias a ellos, y en gran parte lo hacemos a través de la observación, pues en su mayoría siendo niños, aprendemos imitando de lo que vemos día a día.
    Esto quiere decir que (teniendo una base biológica saludable) no nacemos predispuestos a tener conductas problemáticas, sino que probablemente las aprendemos durante las experiencias con nuestros padres y demás figuras significativas a medida que vamos creciendo. Así pues, reconozcamos esta misma perspectiva en nuestros hijos: los niños en sus primeros años responderán a nuestras exigencias como padres, nuestras normas, la forma en que damos afecto y todos nuestros patrones de comportamiento, y esto en gran medida influirá en el desarrollo de sus propios criterios, la forma en que darán afecto y en general en sus patrones de conductas.
     Lo curioso del aprendizaje de conductas es que puede suceder de diversas maneras y no necesariamente directas o claras, en un gran y escandaloso número de casos las conductas que los niños aprenden de sus padres lo hacen sin que estos se percaten que está sucediendo, e incluso pueden ir en contra de las creencias que manifiestan tener, lo que fácilmente podemos llamar padres incongruentes.
     Unos padres que gritan a menudo, pero pretenden que el niño nunca lo haga; unos padres que se quejan constantemente que su trabajo es una porquería, y exigen que su hijo sea aplicado en el colegio; unos padres que reprenden con insultos y golpes cuando algo no anda bien, pero pretenden que su hijo no golpee, insulte o maltrate a los otros cuando este molesto; unos padres que mienten delante de sus hijos o los involucran en sus mentiras, y luego exigen que sean honestos con ellos mismos…
La incongruencia en la crianza de los niños es el error más grave y aun así el más común que ocurre en todas las familias. La creencia de considerar a los chicos demasiado jóvenes para darse cuenta de las situaciones o muy ingenuos para entender lo que sucede es la excusa usada por tantos padres que pretenden exigir diferente a lo que en realidad actúan.
  Vivir en un ambiente de incongruencia hace que los niños esten en un estado de confusión. Por ende, además de generar ansiedad, el aprendizaje se hace tardío o inexistente. Las normas que no coinciden con los actos llevados a ejecución son inútiles e inefectivas; simplemente yo como niño no puedo aprender a respetarlas sino me enseñan cómo se cumplen, pierdo credibilidad en mi padre, termino con sentimientos ambivalentes y no sabiendo que hacer.
    Generalmente un niño que tiene problemas conductuales es un niño sumergido en un ambiente de mensajes incongruentes; pues muchas veces estos comportamientos conflictivos son la forma de manifestar el malestar emocional y la propia incongruencia que vive.
Antídoto, No caer en el error:
    Cuestionar nuestro propio comportamiento y actuar día a día como quisiéramos que nuestros hijos actuaran es el antídoto contra la incongruencia. Decide qué clase de influencia quieres ser como padre y qué legado quieres dejar.
    No acumules en tu forma de crianza solo discursos y sermones tediosos, ¡ACTÚA! No hay mejor forma de enseñar que con el ejemplo (tanto a grandes como a chicos). Enseña a hacer haciendo, deja que vea en ti el modelo lleno de valores y virtudes que tanto te empeñas en formar. Sabiendo que no se trata de ser perfecto, de hecho es bueno de vez en cuando que tus hijos vean tus errores y como puedes levantarte de ellos, asumirlos, enmendarlos y seguir adelante; pero siempre en Coherencia y congruencia en lo que dices con lo que haces.
¿Qué ganas educando con Congruencia?
Garantizas el verdadero aprendizaje de valores y conductas, evitas la confusión, tu hijo obecede entendiendo qué debe hacer
Generas respeto y credibilidad en tu rol tanto de padre como de figura de autoridad. Das importancia y efectividad a las normas.
Favoreces los estados de resguardo y seguridad emocional, por lo tanto influyes en la formación saludable de su autoestima.
Beneficias la relación afectiva.Surgen sentimientos de cercania y empatía, no existirán sentimientos ambivalentes.
Estimulas una base conductual y emocional que favorece la adaptación personal/social (un furuto adolescente y adulto mejor adaptado)
¿Por dónde comenzar?
¡Haciendo una lista y llenándote de valor para cumplirla!
   Aunque nadie aun te lo haya dicho, parece lo más lógico ¿no crees?, si lo haces en el trabajo, ¿por qué no detenerte unos cuantos minutos y organizar cómo quieres hacer el rol más trascendental que tienes en tu vida?…
   Escribe los valores con los cuales quieres que tu hijo crezca y mantenlos siempre visibles EN GRANDE en algún lugar de tu casa. Ayudará a recordarte ajustarte a ellos en cada acción que hagas (delante o detrás de tus hijos).
Date cuenta de lo que eres en la vida de los niños, comprende el poder trascendental que tus acciones tienen y acepta que sin importar la edad de nuestros hijos, ellos siempre merecen tener el mejor ejemplo.
Para enseñar conductas, lo mejor es vivirlas
– primero soy y luego educo –

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