El espejo si miente

Claudia MolinaClínica, Educación0 Comments

Tanto hombres como mujeres, nos encanta recibir cumplidos por nuestra apariencia, aunque algunos se lo tomen más en serio que otros, nunca cae mal recibir un “qué bien te ves hoy”… sin embargo, lo que nos dicen (sea bueno o desalentador) en algunas ocasiones no concuerda con lo que nosotros mismos vemos en el espejo y al final del día es a este a quien terminamos tomándolo en cuenta.
   Resulta que la percepción de nuestro propio cuerpo, aunque pueda estar influenciada en elementos externos, la construimos nosotros mismos, es decir, la forma en la cual percibimos nuestras dimensiones no es más que una representación que hemos construido mentalmente de ellas; lo que se conoce como “imagen corporal”.
   Este concepto no solamente se refiere al cómo vemos nuestro cuerpo y sus partes (tamaño, grosor, o forma) sino también incluye los pensamientos, sentimientos y las actitudes que se generan a partir de esta percepción. Visto así, es un constructo bastante amplio y complejo, pero es la verdadera razón por la cual terminamos comprando eso que se nos ve bien en el espejo y no aquello que la vendedora se empeña que nos queda bien.
   La imagen corporal se forma en relación de varios factores personales, nuestra propia historia biológica, social y cultural. Desde pequeños existen condiciones sociales que matizan la autopercepción del cuerpo: las opiniones que nos dan, los mensajes que nos transmiten, las publicidades que vemos, los estímulos a los cuales estamos sometidos, entre otros
Mentalmente construimos nuestra imagen corporal a partir de la interpretación que hacemos de todas estas condiciones, por ello es posible que cambie con el tiempo (de niños podemos tener una percepción distinta a la que tenemos de adultos), pues ya entendemos que va transformándose en función de nuestras propias experiencias.
   La cuestión aquí es comprender que esta percepción tiene un gran impacto en la manera de concebirnos a nosotros mismos, en cómo procesamos la información y hasta en la forma de comportarnos ante determinadas situaciones, ya que, repercute significativamente sobre la valorización que nos hacemos.
   Quiere decir que, la formación de nuestra imagen corporal puede tener connotaciones positivas o negativas:
   En el primer caso, podemos identificarlo cuando sentimos agrado con nuestro propio cuerpo, lo experimentamos con satisfacción (indistintamente que cumpla o no con las cualidades estéticas que deseemos), aceptamos sus dimensiones y nos comportamos con tranquilidad al vernos expuestos a mostrarlo en público.
   En el caso contrario, podemos reconocerlo cuando nos sentimos con desagrado sobre nuestras dimensiones corporales, y las experiencias relacionadas al propio cuerpo las vivimos con insatisfacción, de modo que pueden existir pensamientos negativos sobre el mismo y por lo general nuestras conductas son más de evitación y de intranquilidad cuando necesitamos mostrarlo a otras personas.
  Cuando existen marcadas preocupaciones, conductas evitativas e insatisfacción de mayor intensidad, generalmente se acompañan de estados ansiosos, obsesivos e incluso depresivos. Además, en ocasiones la imagen corporal se puede desconectar de la realidad (la persona se ve mucho más gruesa de lo que realmente es por ejemplo) dando paso a estados patológicos que ameritan ser atendidos.
   Al final de cuentas, eso que el espejo nos dice no necesariamente es cierto, es la construcción que nosotros subjetivamente hemos hecho de lo que allí se refleja.
Una imagen corporal “saludable”
– Reconciliarse con el peso, la talla y las dimensiones: todos tenemos unas dimensiones con las cuales genéticamente hemos venido programados. Aceptar que nuestra estatura, estructura ósea e incluso la elasticidad son algunas de esas cualidades con las que nacemos y de forma biológica no podemos cambiar.
– Emociones en sintonía: aunque a primera vista creamos que nuestras emociones tienen poco que ver en este tema, de hecho forman parte bien importante. Dedicarnos a cuidar de ellas (vivirlas, sentirlas, cultivarlas) nos ayudará a centrarnos en un estilo de vida más positivo, lo que afecta directamente la forma en la cual nos valoramos.
– Hábitos saludables: la forma tanto de alimentarnos y ejercitarnos como la de cuidar nuestro cuerpo, son unas de las maneras de expresar nuestra propia imagen corporal. La idea no es enfocarse en las dietas de calorías, sino de vivir en hábitos para propiciar nuestra salud (ya con eso nuestro cuerpo responderá positivamente). Construir una alimentación que le proporcione nutrientes, vitaminas y minerales. Ejercitar músculos. Proteger nuestra piel, cabello y uñas.

No inventes con tu cuerpo, fórmate y entrénate con expertos.

– Desmaquillar el Photoshop: modelos, cantantes, actrices, quien sea que aparezca en una revista, su imagen ha sido modificada (en gran o en poca medida). Recuerda que no existe el cuerpo estéticamente perfecto. Si esto es motivo de angustia, ¡deja de comprar esas revistas! Evitar el consumo excesivo de las imágenes publicitarias nos ayudará a centrarnos más en las personas reales y menos en los ideales ficticios.
– Experimenta y conoce tu cuerpo: Realiza actividades en las cuales puedas experimentar tu cuerpo, sus movimientos y sus dimensiones. ¡Conócelo! Descubre sus cualidades, acepta sus características. Cuídalo y respétalo. Esto te ayudará a buscar las soluciones para verte bien el espejo sin angustia.
– Busca compañía: Rodéate de personas que te hagan sentir bien. Si sientes que la valorización es negativa, y las preocupaciones interrumpen con tu rutina diaria, buscar orientación psicológica es lo más recomendable.
Enfócate en sentirte bien y así te verás bien.
Referencias
* Baile, José. “¿Qué es la imagen corporal?” REVISTA DE HUMANIDADES CUADERNOS DEL MARQUÉS DE SAN ADRIÁN
* Molina, Claudia. “Relación entre los signos predisponente a la anorexia nerviosa en adolescentes bailarinas, y el sistema de creencias de sus padres respecto a la alimentación, imagen y peso corporal”. 2009

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