“La re-pulsión”.

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Colaboración de: Paúl D. Mata Alcántara.

La repugnancia, el asco y la aversión, significantes que se podría decir están en el orden de lo que se condena enérgicamente, lo que se deposita en los rincones ominosos, en las grietas que hacen surco hasta las profundidades más oscuras, donde lo luminoso no llega. Son esos los espacios donde se agrega el terror como experiencia de un real que sobreviene y desbasta. Ya nos decía Freud en su texto “Lo Ominoso” que el psicoanalista debe interesarse por un ámbito de la estética que se encuentra marginado, lo que pertenece a lo terrorífico, lo que excita la angustia y el horror. Una orientación precisa encontramos en esta frase, interrogando el acto analítico y dándole lugar a una práctica que opere bajo la noción de que lo ominoso no puede entenderse como lo foráneo, lo que se encuentra en un afuera, porque la idea que introduce Freud es que el horror parte de un lugar que le es familiar al sujeto, un lugar donde lo íntimo hace sus vericuetos. Esto quiere decir que hay una relación con un yo-no-sé que es que pulsa, algo que fue reprimido y que trata de encontrar su camino a la conciencia, como el corazón que late incesantemente bajo las tablas del suelo de la casa del personaje que protagoniza el cuento de Edgar Allan Poe “El corazón delator”, ese insoportable pum pum pum.

El encuentro con lo real puede producir una tentativa de escape, una tentativa de querer huir de lo que no se puede huir. Sin embargo, se estima necesario que bajo el recorrido de un análisis, esto que resulta terrorífico se le suponga un saber que desconocemos, es decir, una transferencia con el propio inconsciente y con aquellas mociones que bajo el imperio de la represión fueron desterradas al olvido. Se ha de suponer entonces que lo ominoso delata, dice algo de la singularidad del sujeto que resulta en un enigma incluso para este mismo. Recuerdo aquí la frase de Nietzsche que versa de la siguiente manera “quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Es “echar un ojo” al inconsciente y aguardar el retorno, pero de un saber.

Nos encontramos en un campo donde el horror no puede entenderse sino desde la diferencia radical, desde un uno por uno que marca los cuerpos del hablante ser. Esto no deniega los horrores que se presentan en los albores del cenit social, como la guerra por ejemplo. De lo que se trata es que el psicoanálisis evidencie como a partir de una contingencia, un encuentro sin previa cita con la palabra, se teje un entramado que le concierne a un sujeto y solo a él, es lo irrepetible, lo que se resiste a ser categorizado y universalizado.

Estaríamos hablando aquí de la pulsión, lo que es empujado constantemente, es decir, la re-pulsión, nombre que le da título a este escrito. Título que quiere dar cuenta además de cómo este empuje de lo pulsional tiene una cara oscura y nefasta, que es consustancial a la pulsión del Eros, la que tiene como destino conservar y reunir, como bien especifica Freud en la misiva dirigida a Einstein que es titulada ¿Por qué la guerra?. En este texto, Freud comenta que estas dos caras de la pulsión, la erótica y la destructiva, se transfiguran en la oposición conocida universalmente como amor y odio, la tensión entre la atracción y la repulsión. Cito: “la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto”.

Los horrores de la guerra resultarían de un desbordamiento de la pulsión dirigida a la destrucción, tema que nos compete actualmente dado los acontecimientos que acaecen en nuestro país (Venezuela). Nos encontramos en un momento donde la violencia es la moneda de cambio, el otro pierde su estatuto de interlocutor válido y pasa a ser un objeto que se puede desechar, deshilachándose de esta manera los lazos sociales. Los horrores circulan, no sólo en el diván, sino en la escena de lo social. La muerte ronda las calles, azarosa y repentina. ¿Qué hace el psicoanalista ante estos hechos? El llamado al psicoanalista es a operar no solamente en los confines de su consultorio, sino también desde el eje de la acción lacaniana. Freud nos orientaría en este sentido diciendo que “si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra”.

La acción lacaniana sería una acción que partiendo del discurso psicoanalítico, apunte al lazo social, un lazo donde el otro no sea segregado, excluido sino que en favor de una misma causa, se puedan combatir los embates de lo real, lo que impone y demanda su repetición y que se resiste a ser simbolizado, en pocas palabras, lo imposible de soportar. Es introducir la vertiente del amor, pues como dice Freud, no hay que avergonzarse de que el psicoanálisis hable de amor, como bien afirma la religión “ama a tu prójimo como a ti mismo”. En estos momentos puede parecer una tarea digna para un titán pero como nos alienta el mismo Freud, al trabajar por todo aquello que promueva la cultura, trabajamos también en contra de la guerra.

REFERENCIAS

Ahumada, Y. (2004). Modalidades contemporáneas del lazo social: perspectivas éticas. Revista Umbrales.

Freud, S. (1919). Lo ominoso. Obras completas.

Freud, S. (1933). ¿Por qué la guerra? Obras completas.


Escritor:   Paúl D. Mata Alcántara.

                   Psicólogo, Docente UCV, Asociado NEL sede Caracas.

Contacto: +58 426 406 7931 – paulm198@gmail.com

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