La carrera de los opuestos – en Psicoanálisis

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Colaboración de: Paúl D. Mata Alcántara.

Heráclito de Efeso, “El Oscuro”, como se le conoce en filosofía, contaba con una doctrina  fuertemente vinculada a la investigación a partir del análisis propio, es decir, el análisis de su mismidad. Él aseveraba que todo lo que había aprendido fue producto del sentido que fue articulando a partir de su propia naturaleza.  Este pensamiento no es ajeno para el psicoanálisis, disciplina que se erige a partir de una regla fundamental, la de la asociación libre, con la finalidad de que el analizante encuentre su propia palabra para que en el recorrido analítico se produzca un agotamiento de los significados que hacen marca en la vida, y que se bordee además ese agujero donde las palabras no cesan de no llegar.

Extremando un poco más esta idea de Heráclito para seguir construyendo un puente entre lo que el filósofo propone y el psicoanálisis, tomo una cita de Plutarco, filósofo e historiador griego, que demarca el pensamiento tan singular que detentaba El Oscuro, a saber: “Heráclito dice que los despiertos comparten un mundo común, pero que cada hombre, cuando duerme, vuelve a un mundo particular” (Guthrie, 1965). Nos encontramos en esta frase un planteamiento que es piedra angular para el psicoanálisis, la del sueño, como una formación del inconsciente que parte del lugar donde el sujeto está comprometido. Es ese “mundo particular” que toma el psicoanálisis para llevar a cabo un viraje importante en relación a la ciencia, ya que si la ciencia es la búsqueda de la verdad que vale para todos, el psicoanálisis propone una verdad que no es como la de todo-el-mundo, es la verdad que no hace conjunto, es la verdad singular para cada persona.

Aunado a esto, hay otra idea que deseo esbozar en relación a Heráclito que me puede permitir labrar un camino en relación a uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, la pulsión. Para acometer este propósito, me sirvo de una de las sentencias del propio Heráclito, cito: “Ellos no comprenden cómo al divergir se converge consigo mismo, harmonía propia de lo que se vuelve en dirección opuesta como la del arco o la lira”. Se introduce en esta frase la noción de los opuestos que se atraen, la armonía como producto de una tensión entre los contrarios, tensión que es menester acotar, no desaparece. Y ¿qué es esta tensión sino la pulsión? Al diferenciarse de la necesidad, que puede ser satisfecha, la pulsión no encuentra su satisfacción, manteniéndose permanentemente el circuito del empuje pulsional.

Ahora bien ¿el psicoanálisis le puede dar cabida al concepto de armonía? Desde el punto de vista del discurso científico y también del discurso de la auto-ayuda, que tanto prolifera en la sociedad, la armonía se puede entender como la homeostasis, como ese punto donde el cuerpo está ausente de todo malestar, un cuerpo en plena paz. Si se toma este sentido de la armonía, se desembocaría en el eclipsamiento de la noción de conflicto, ya no habría pulsión y por lo tanto no habría satisfacción ni insatisfacción debido a que estos polos solo pueden definirse con base a su opuesto. El reverso de esta idea se propugna en la enseñanza de Freud y Lacan, los cuales nos han demostrado que el conflicto es algo inmanente al ser humano y a sus procesos psíquicos.

Siguiendo esta ilación, si nos aproximamos al concepto de armonía tal cual como lo propone Heráclito, le podemos dar cabida a la definición de pulsión y a la tensión que existe entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte, distinción que propone Freud para diferenciar el lado erótico del lado destructivo de la vida anímica del sujeto. Lacan por el contrario, afirmaba que solo existía la pulsión de muerte y que dicha diferenciación es la cara de una misma moneda, como especifica en el Seminario XI “La distinción entre pulsión de vida y pulsión de muerte es cierta por cuanto manifiesta dos aspectos de la pulsión. Pero con la condición de concebir que todas las pulsiones sexuales se articulan al nivel de las significaciones en el inconsciente”.

Hay una carrera entre estos dos aspectos de la pulsión, que como bien lo especifica Freud, es el vaivén entre el amor y el odio, es la tensión que se da entre los opuestos, que al divergir, convergen, en otras palabras, es la pulsión al servicio de dos destinos diferentes. De estos destinos y como se ponen en juego nos tenemos que encargar, tanto desde la dimensión subjetiva como desde la dimensión social, siendo actualmente una época donde el lado nefasto de la pulsión ha creado escenarios de destrucción y violencia sin límites.

Dice Lacan en el Seminario I Clase 22 “El concepto del análisis” que existe una dimensión imaginaria del odio ya que el aniquilamiento del otro es un polo de la estructura misma de la relación intersubjetiva. Estamos hablando de una relación especular en la cual la imagen que se devuelve del otro es adversa, foránea. Es una imagen que puede ser aniquilada, destruida, en ese esfuerzo de querer romper-se. Sigue expresando Lacan a propósito del odio que “si el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contario: a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio, su negación total, su subversión. En este sentido, el odio, como el amor, es una carrera sin fin”. Es una carrera de los opuestos.

Ante este atolladero que se produce por la prevalencia del odio ¿qué podemos hacer? Lacan nos puede orientar en este sentido cuando afirma que “amar es amar un ser más allá de lo que parece ser”. Tomo esta frase como una invitación a ir más allá de la relación especular con un otro que pueda ser aniquilado. Si el amor y el odio son las vías de la realización del ser ¿cuál es la vía a tomar? Ante la problemática contemporánea de nuestro país, de lo que se trataría es de dar evidencia de que el amor es una vía, de que un amor es posible, una cierta armonía de los opuestos se puede hacer existir.

Culmino aquí con una evidencia de la mano del arte, extraída del poema “Canción de amor” de Rainer Maria Rilke:

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,

nos une, como un golpe de arco,

que una sola voz arranca de dos cuerdas.

¿En qué instrumento nos tensaron?

¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?

¡Oh, dulce canto!

 

REFERENCIAS:

Guthrie, W. (1965). Historia de la filosofía griega. Madrid, España: Editorial Gredos.

Lacan, J. (1981). Seminario I. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Paidós.

Lacan, J. (1987). Seminario XI. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Paidós.


Escritor:   Paúl D. Mata Alcántara.

                   Psicólogo, Docente UCV, Asociado NEL sede Caracas.

Contacto: +58 426 406 7931 – paulm198@gmail.com

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