Lo que «los padres esperan», ¿Lo hacen o no?

Jose Daniel AguilarDestacados, Familia, Niños y Adolescentes, Reflexiones0 Comments

Estos días he estado pensando en una pequeña escena que observé por casualidad en uno de esos programa de “discusiones familiares”, donde algunas personas exponen sus penas al público para buscar una orientación moral, legal o psicológica como mínimo.

Se trataba de una disputa familiar, en ella una madre le decía al conductor del programa y refiriéndose a su hijo con severidad y amargura en sus ojos:

  • Yo no espero nada de él, solo quiero que sea feliz, que haga su familia, que crezca, que eche raíces. Nunca le he pedido ni le pediré nada a cambio por los años de trabajo, por las cosas que le he dado, solo que sea feliz.

El hijo solo la miraba con cierto hastío, como si se tratara de una guion repetido una y mil veces; un sainete que ya resulta algo trabajoso escucha.

Ella proseguía:

  • Pero cuando él trae algo a la casa, ay Dios mío, es una hazaña; el otro día me llevo un pan de jamón, pero estaba reseco, el jamón era viejo, solo le faltaban las hormigas por dentro.

Y continúa un discurso de quejas constantes.

Hasta acá muestro lo que aquella señora decía entonces. Dado que es una exposición pública me tomare el permiso de someter dicha escena a interpretación para mostrar al menos dos cosas que me llaman mucho la atención. Elementos que puedo ver constantemente en los padres de nuestra cultura latino-americana en mi práctica clínica. Para ello, me voy a apoyar en fragmentos de este fragmento de relato.

En primer lugar, lo que primero logre oír: “yo no espero de él”. Esta es una sentencia que pareciera que deja ver un amor incondicional, un amor sin límites y sincero de una madre hacia su hijo, un amor que no pide nada a cambio, que promueve la aceptación del otro tal y como es. Por otro lado me pregunto: ¿Cómo es posible que un padre no espere nada de su hijo? ¿Eso será verdad?

Sinceramente lo no creo, se me ocurrió comparar al hijo con una pequeña semilla, que es sembrada en las terrenos de la vida, que es regada con atenciones y cuidados, que es abonada con actos de respeto, con espacios de libertad, una plata que es nombrada y que en ese nombre se encuentra su esencia. Por más libre que sea la mente del que riega la semilla, muy en el fondo se alberga el profundo deseo de que esa semilla deje de ser semilla, pase a ser planta, es decir deje de ser lo que es y pase a ser otra cosa, quizás más allá en el tiempo se espera que esa planta de frutos, que sean dulces, que se desarrollen bien.  Es decir, en ese acto de cuidado y aprecio, hay encerrada una añoranza, no es un acto desinteresado, es un acto de deseo, sino fuese así, ¿para que se cuidara una planta que no va a dar frutos? ¿Con que esmero se cuida algo que no es nuestro?

Siguiendo esta línea, también veo otra contradicción en las palabras de esta señora, dice que no espera pero a la vez espera, dice que recibe con cariño, pero ataca lo que el hijo le lleva: “me llevo un pan de jamón, pero estaba receso…”; es decir, lo que le ofrece el hijo no es suficiente, no resulta buena, es un fruto amargo, o es una planta infértil o poco fértil.

Acá lo que veo en la práctica clínica. Esta “doble moral”, esta doble critica de los padres en su postura, por un lado dicen que no esperan pero si lo hacen, por un lado reciben pero no lo saben hacer sin amargura.

Esta situación tiene un efecto en los hijos, tiende a anular la capacidad creativa, tiende a inhibir el deseo de dar, de crear y generar frutos. El joven del ejemplo más arriba podría pensar: ¿para qué le voy a llevar cosas si no le van a gustar? ¿Qué sentido tiene dar si el otro no recibe con beneplácito? ¿Soy querido yo cuando lo que ofrezco no es aceptado? ¿Soy aceptado yo cuando mis actos no son de agrado?

Quizás estoy siendo un poco extremista al introducir estas ideas que son hipotéticas, en un joven de quien solo vi ciertos gestos. Pero me hace pensar: ¿Cómo me ubico yo frente a mis padres? ¿Recibieron libremente lo que ofrecí? Más allá planteo: ¿Cómo me planto yo frente mis hijos? ¿Acepto lo que me pueden dar? ¿Esto es un acto de amor, es de educación o de inhibición y dominio del otro?

Todas estas preguntas son válidas, porque con suerte todos hemos, y vamos a estar, en esas dos posiciones, siendo padres e hijos. La forma de ser los primero, es como vivimos siendo los segundos.

Quizás parezcan duras mis apreciaciones y en defectiva no pretenden encerrar una verdad, reconozco que son parciales y limitadas pero a través de ellas te invito a seguir pensando y reflexiono sobre este tema.

Me gustaría conocer qué opinas al respecto, deja tus comentarios y suscríbete.

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