¡Por pura casualidad! Un caso clínico; cuando las coincidencias no ayudan.

Jose Daniel AguilarClínica, Destacados0 Comments

   Desde hace algún tiempo me encuentro trabajando en un servicio de hospitalización de pacientes psiquiátricos; en este centro atendemos a pacientes de diferentes regiones del país y además con muy variadas patologías. Muchas veces puedo ver cómo diferentes pacientes ingresan y, dadas sus patologías, se plantean diferentes pronósticos; así como he podido ver como familias son afectadas por la aparición insospechada de algún episodio maníaco o psicótico, por el consumo de sustancias o por un inesperado y furtivo accidente que, con sus consecuencias, compromete la integridad mental del afectado.
   Pero en las últimas semanas, he tenido la oportunidad de apreciar con sorpresa eventos que me desconciertan un poco y que también invaden la vida mental de un paciente al que atiendo y acompaño en tratamiento psicoterapéutico. Para fines de este artículo me voy a limitar a colocar la información estrictamente necesaria, tratando de resguarda la integridad individual y la vida privada de este paciente.
    A él lo llamaremos D. Es un paciente masculino de 56 años de edad que padece una enfermedad mental desde aproximadamente los 25 años. Atravesando diferente hipótesis diagnósticas, que van desde la esquizofrenia paranoide hasta el trastorno bipolar con síntomas psicóticos. Vivía con la madre hasta antes de la hospitalización cuando él, en un ataque de furia, la agrede físicamente, empujándole al piso y provocándole una fractura de cadera. Actualmente D. no posee medios de sustento y depende exclusivamente de la madre.
    En una de las más recientes sesiones, D. me comenta que está muy preocupado porque no dispone de una actividad laboral con la cual sustentarse una vez egrese la hospitalización. Ha dado muchas vueltas en su cabeza a la idea de poder realizar alguna actividad que le permita poder pagar los alimentos que consume, atender las responsabilidades de su hogar (agua, luz, teléfono) y quizás poder establecer una relación de pareja con alguien y hasta tener un hijo.
    De entrada en esta sesión, se me viene a la mente la idea de que D. se encuentra terriblemente solo y que además, tiene deseos de salir adelante como lo hace la mayoría de las personas. Trabajando. Se me ocurre pensar que quizás su juicio de la realidad se encuentra conservado y que posiblemente sea un paciente que egrese rápidamente del hospital.
    D. me sigue contando sus ideas; refiere que intentando buscar una posible solución al problema económico que se le presenta, se le ocurre pensar que él puede desarrollar alguna actividad como reparaciones de albañilería que puede aprender poco a poco, dado que él nunca ha trabajado antes en ese rubro. Sigue con la idea y me comenta:
D.: Yo creo que puedo tener además una habilidad especial, cuando llegue aquí me di cuenta que había agua en el piso y con solo acercar mi pie, que cargaba una chancleta, pude contener la fuga con la unión de dos fuerzas. Son dos fuerzas cósmicas en mi interior.
T.: y ¿qué clase de habilidad es esa? ¿Es como un poder especial?
D.: No lo sé, es el poder de Dios para reparar las cosas. Yo cuando me concentro mucho puedo ver a través de las paredes y puedo ver si algún cable esta malo o una tubería rota, y con la fuerza de mis manos puedo reparar eso sin dañar la pared.
     D. me sigue comentando sobre la idea de su poder especial.  En ese momento a lo lejos, empieza a sonar la alarma de un carro que se encuentra estacionado en el edifico contiguo. Nosotros seguimos la sesión:
T.: Pero ¿tú crees que con este poder especial puedas conseguir dinero?
D.: Si claro! ¿Tú has visto a algún albañil que tenga este mismo poder que yo tengo?
T.: (Yo lo observo en silencio, la alarma del carro sigue sonando a la distancia).
D: No sé, la gente pensará que estoy loco pero yo puedo hacer esa clase de cosas. Y no estoy loco.
T.: ¿no será que es muy doloroso para ti sentir que estas solo porque tu mamá está enferma?, ¿quieres repararla a ella también?
D. me mira intranquilo, hace un silencio largo pensando en lo que yo le acababa de decir, se levanta de la silla para asomarse a la ventana del consultorio. Mientras observa hacia afuera, continua el ruido en la calle y dice: – Si no fuera por mí, ella ya estaría muerta. Yo puedo arreglar las cosas porque Dios me dió este poder ¡Mira! Ese carro sigue sonando, yo lo puedo arreglar con tan solo silbar – D. realiza un silbido fuerte uniendo sus labios y el carro que tenia la alarma encendida dejo de sonar. ¡Asombroso!
D. me mira sorprendido, se ríe y dice: – ¡Ves! ¡Ves! Después dicen que uno es el loco.
T.: Yo me sonrió con él, lo miro y le digo: – ¿Quién te dice que estás loco? – En este punto hasta yo había quedado sorprendido por la sincronicidad del evento. Era un evento gracioso pero en el fondo, muy en el fondo, me parecía espeluznante. D. se alegró grandemente al hallar en el exterior un referente que confirmara su poder superior y yo, simplemente, me sentía desarmado frente a su convencimiento e interpretación delirante.
    Dos días después, retomamos las sesiones de psicoterapia. Lo primero que dice al entrar al consultorio es:
D.: – Ya no sé si lo que me pasó con el carro es verdad. Yo creo que es verdad.
T.: – Si fuera verdad, eso confirma que no estás loco. Que tú tienes razón.
D.: – Exacto licenciado, exacto. (Silencio) Aunque yo sé que estoy loco (Ríe inquieto mirándome suspicaz).
T.: – ¿Cómo es eso que sabes que estás loco? Es como si dijeras que sabes que no tienes un poder especial.
D.: – Yo lo sé, pero no sé. Es que si estoy loco nada de lo que digo es verdad, entonces ¿para qué seguir viviendo? Si mi mamá está muerta y yo no estoy casado con la reportera del canal 4, me suicido licenciado. Me suicido de verdad.

En este punto la sesión se torna más intensa y el sufrimiento de D. mucho más palpable.
    Acá me voy a detener en la narración del caso y de los extractos de sesión para hacer énfasis en dos cosas. La primera es el grado de sufrimiento psíquico que experimenta D. y la segunda algunas ideas que quiero compartir contigo.
    Hace tiempo escuché a uno de mis supervisores decir “la locura es un lujo”. Yo creo que es verdad, estar loco para D. significa ser un mentiroso, ser excluido de la sociedad, renunciar a ser alguien productivo, poder crecer y amar. Esta “decisión”, de creer en “su” verdad en vez de contactar y ver lo que la mayoría llama realidad, es lo que lo define como loco.
    Ahora bien, si afinamos un poco el “ojo clínico”, se puede apreciar que D. presenta un deliro de poder, pero ese delirio no es sostenido firmemente, parece que en el segundo extracto de sesión D. transita en vaivén entre lo delirante y sobrevalorado, entre el juicio de la realidad interferido y conservado, entre la locura y la cordura. Esto sucede muchas veces cuando los tratamientos anti-psicóticos empiezan a hacer su efecto. El Delirio se va permeabilizando, el paciente lo puede empezar a criticar y por lo tanto puede entrar en contradicción, hasta que este desaparece o algunas veces “se esconde más”.
    Desde un punto de vita psicodinámico (Freudiano – Kleiniano), es llamativo empezar a pensar ¿por qué será que D. desarrolla este delirio? Como lo dije en el extracto de sesión anterior, una de mis hipótesis es que D. siente una gran culpa que lo persigue por el daño que él siente haberle hecho a su madre al empujarla en un ataque de furia y propiciar la fractura de su cadera. Ante este daño él busca de forma inconsciente reparar, pero esa reparación la hace mediante el Delirio, parece que para D. es tan doloroso ver y vivir a su madre enferma y al “borde de la muerte” que él desea arreglarla casi “mágicamente”.
    Enfrentarse con la realidad, que es que su madre puede morir (como lo haremos todos en algún momento), es una verdad intolerable para él, entonces realiza un giro y decide pensar que es preferible morir él en vez de su madre; esto lo veo como un intento de conservar vivía a su mamá y liberarse de la culpa de haberla dañado y no poder arreglarla. En su mente aparecen muchos objetos parciales, persecutorios y cargados de hostilidad.
    Todas estas son hipótesis teóricas en las que he pensado. Estas hipótesis no son la verdad de D. Son un poco de “mi verdad”, porque la información que manejo y lo que he aprendido en la práctica, con la experiencia. Mi tarea con D., como su terapeuta es ayudarle a “encontrar y tolerar su verdad por muy dolorosa que sea”.
     Pero más allá de esto me detengo un poco a pensar en que a veces, en la realidad, pueden aparecer “circunstancias – coincidencias” que refuerzan ideas que cada uno de nosotros puede tener y que, muchas veces, no nos atrevemos a decir o simplemente quedan reprimidas bajo un velo de prejuicios y moralidad.
    Ante esta idea me viene a la mente la corta declaración de Christoph Wieland  (1733-1813):

“Prefiero una locura que me entusiasme a una verdad que me abata”.
Para finalizar, te invito a reflexionar:
¿Hasta qué punto renunciamos a ver al mundo y a nosotros mismos tal y como somos?
¿Hemos reforzados nuestras verdades más absurdas, como que: somos desafortunados, nadie nos quiere, estamos solos; por simples coincidencias casuales y fortuitas?
¿Somos la consecuencia de un mundo que nos atropella con sus “coincidencias” o creamos y recreamos nuestro mundo con cada paso que damos?
    Estas son algunas preguntas que se me ocurren pensar para invitarte a reparar en cómo algunas meras coincidencias pueden haberte orientado en diferentes caminos.
Agradezco tus comentarios.
Referencias:
Freud, Sigmund. Construcciones en el análisis, en: Obras completas, vol. XXIII. Buenos Aires: Amorrotu.
Grosskurth, Phyllis (1990). Melanie Klein. Su mundo y su obra. Barcelona: Editorial Paidós Ibérica. ISBN 978-84-7509-640-7.
Hinshelwood, R. D. (1992 (2ª edición 2004)). Diccionario del pensamiento kleiniano. Traducción: José Luis Etcheverry. Buenos Aires & Madrid: Amorrortueditores.
Segal, Hanna (1965 (2002)). Introducción a la obra de Melanie Klein. Traducción: Hebe Friedenthal. Barcelona: Editorial Paidós.
Imagen 1: Coincidencias
Imagen 2: Melodía en el vacío. Israel Zepeda
Imagen 4: Dados

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