¿Qué sucede si no dormimos lo suficiente?

Claudia MolinaClínica, Destacados, Educación, Sin Categoría0 Comments

Ya sea por nuestras diversas ocupaciones, los problemas del trabajo, el estrés acumulado o para otros, una vida social muy activa, generalmente tendemos a disminuir nuestras horas de sueño para poder cumplir con las demás cosas de la rutina.

   Aunque esto es bastante común en nuestros tiempos acelerados, en realidad es una idea que antes se tomaba en serio. Tiempo atrás llegaron a pensar que dormir era una pérdida de tiempo, que nuestro cuerpo simplemente entraba en reposo y nuestro cerebro se apagaba. Sin embargo, ahora la ciencia puede refutar todo esto, y explicarnos la importancia fisiológica, neurológica y emocional de tener un buen tiempo de descanso.
   Los más recientes estudios han demostrado que dormir bien es fundamental para mantenernos saludables, no solo física sino psicológicamente hablando. Dormir poco o mal, además de afectar nuestro estado de ánimo, disminuye nuestra capacidad de resolver problemas, afecta el tiempo de reacción, la calidad de nuestra memoria, retrasa los procesos de aprendizaje y está relacionado a distintas enfermedades como la obesidad y la diabetes.
   Resulta que mientras dormimos más de un fenómeno ocurre en nuestro organismo, pudiéramos imaginar que justo cuando las luces se apagan, es cuando salen todos los operarios a organizar, reparar, limpiar, ajustar y terminar de pulir cada una de nuestras partes.
   Precisamente cuando dormimos, nuestro sistema nervioso comienza un proceso de reparación, se encarga de limpiar todas esas sustancias dañinas que hemos generado durante el día y no necesitamos; por ello al alterar nuestras horas de descanso, estamos alterando también los procesos metabólicos que allí ocurren. Por ejemplo, puede afectarse la segregación de algunas hormonas y ocasionar no solo el aumento del apetito, sino que nuestro cuerpo metabolice irregularmente los carbohidratos, el azúcar o las grasas. Aquí la razón para que un continuo mal dormir esté relacionado con una tendencia a la obesidad.
    Así también sucede con los demás sistemas, nuestra circulación, músculos y demás órganos reciben durante nuestro periodo de sueño las sustancias que necesitan para mantenerse sanos. Nada hacemos con tener tantas horas de ejercicio durante el día, si en la noche no le damos a nuestro cuerpo el suficiente tiempo para reparar tejidos, construir fibras y desechar toxinas. Por ello, el frecuente mal dormir puede a largo plazo favorecer las tensiones musculares o conducir a enfermedades cardiovasculares, el aumento de la presión arterial y hasta el riesgo de infartos.
   De la misma manera, esas sustancias irregularmente equilibradas ocasionan que, luego de unas malas noches, nos sintamos fatigados, nuestro humor se vuelva irritable, podamos tener mayores niveles de agresividad y/o ansiedad e inclusive nuestro sistema inmune se debilite.
   Cuando dormimos nuestro cuerpo está en reposo, pero definitivamente nuestro cerebro no está inactivo; aparte de controlar todo lo anterior, esta también participando en la regulación de nuestras funciones intelectuales. Como lo estoy diciendo, no porque estemos durmiendo significa que hemos detenido los aprendizajes, razonamientos e incluso nuestra memoria.

   De hecho, aunque algunas zonas de nuestro cerebro parecen disminuir su actividad mientras estamos dormidos, otras permanecen y hasta aumentan su trabajo. En realidad, aún no se comprenden todos sus mecanismos, pero si hay sugerencias afirmando que durante las horas de sueño se refuerzan esas conexiones neuronales que tienen lugar en el aprendizaje.
   Si bien se producen las sustancias encargadas de reparar los tejidos nerviosos, así como de desintoxicarlos de aquellas nocivas que se acumularon durante la vigilia, el cerebro al mismo tiempo se encarga de organizar toda la información recolectada en el día (ya sea de forma consciente o inconsciente). Por lo tanto, durante las horas de sueño se organizan y se fijan los recuerdos sobre lo que vivimos diariamente. En otras palabras, cuando tenemos un buen descanso, el cerebro está estabilizando información en nuestra memoria y repasando lo que hemos aprendido.
   Estudios revelan que las zonas cerebrales que se activan cuando estamos realizando alguna tarea nueva, son las mismas zonas que se activan cuando dormimos; esto permite creer que mientras estamos dormidos, nuestro cerebro está practicando o repasando selectivamente los aspectos de una tarea nueva que estemos aprendiendo, de modo que se están reforzando las conexiones que hemos hecho durante la vigilia.
    Lo maravilloso entonces es que el efecto del sueño en nuestra memoria va más allá de algo transitorio. Nuestro cerebro es capaz de clasificar toda la información y seleccionar aquellos recuerdos de mayor relevancia para nosotros, permitiéndonos evocarlos luego con más eficacia y pareciera dar las bases para adquirir otros de mayor complejidad, como si nos prepara para seguir aprendiendo.
   Por esta misma razón, el trabajo nocturno de nuestro cerebro también influye en el análisis e inferencia de situaciones; a más de uno hemos escuchado que al despertar por la mañana cuenta con una visión distinta de un conflicto o que el sueño les trajo las respuestas que necesitaban, efectivamente somos capaces de resolver problemas mientras dormimos.
    Así como nuestro cerebro refuerza conexiones, también es capaz de relacionar la información entre sí, escoger y descartar datos, pues aunque estemos dormidos, seguimos trabajando en aquellos problemas que no hemos podido resolver durante el día. Probablemente sea a través de los sueños, con su lenguaje ilógico y abstracto, lo que nos den perspectivas que no hemos visto de forma consciente, permitiendo explorar opciones que antes no habíamos considerado.
    Algunos científicos avalan que esto es lo que sucede; como si necesitáramos un poco de tiempo para conectar los elementos nuevos y por muy paradójico que sea, mientras más nos concentremos activamente en un problema pareciera que mayor complejidad le otorgamos, en cambio cuando dormirnos el problema ya no representa un pensamiento principal y en este sentido somos capaces de contemplar esos elementos (algunas veces obvios) que antes no éramos capaces de observar.
   Si revisamos un poco de historia existen bastantes descubrimientos encontrados de esta manera, problemas llevados a la almohada y resueltos en sueños: desde el ganador del premio Nobel Otto Loewi (medico cuyo descubrimiento vislumbró el funcionamiento del Sistema Nervioso), el científico D. Mendeleyev (químico responsable de la Tabla Periódica de Elementos) hasta la escritora Mary Shelley (autora de Frankenstein), por solo nombrar algunos.
    Ahora bien, hasta este punto estamos de acuerdo que definitivamente alterar nuestro descanso significa perturbar todos estos procesos, de hecho, otras investigaciones respaldan que un mal dormir a largo plazo puede aumentar las probabilidades de desarrollar procesos neurodegenerativos (deterioro en las células cerebrales) y problemas tempranos de cognición y memoria que pudieran inclusive conducir al mal de Alzheimer.

  Quiere decir que no solamente afectaríamos nuestra memoria y procesos de aprendizaje, sino también a la propia salud física, emocional y cerebral. Viene entonces la pregunta del millón ¿Cuánto necesitamos dormir?
     La cantidad como tal de sueño que necesitamos depende de nuestras mismas características, los niños por ejemplo y los adolescentes, sobre todo, necesitan distintas horas de sueño que un adulto, y no todos los adultos necesitamos las mismas. Simplemente porque cada etapa significa distintos estadios de desarrollo (tanto físico como ccerebral).
     Influye en gran medida la actividad que hagamos durante el día y nuestro propio ritmo de vida, algunos necesitan menos horas que otros, lo importante es que sean de calidad. Es decir, no se trata de dar vueltas en la cama o de despertarse a mitad de la noche con frecuencia, se trata de un sueño continuo y reparador.
   Para garantizar la consolidación de algunos procesos, los expertos recomiendan un mínimo de seis horas, pero para optimizar las mismas funciones es preferible que sean ocho. Las siestas pueden incluirse en este conteo.
   Finalmente, dormir demás tampoco es beneficioso, más de nueve horas para un adulto puede tener los mismos riesgos para la salud y su estado psicológico, que dormir insuficiente. Está relacionado de igual manera con enfermedades cardiovasculares, dificultades en la concentración, memoria, aprendizaje y hasta con la depresión.
   Creo que ahora tendremos una relación distinta con nuestra almohada. ¡Felices sueños!
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