Sobre las cicatrices: Un comentario sobre las heridas en nuestro narcisismo.

Jose Daniel AguilarClínica, Destacados, Reflexiones0 Comments

    Todas las personas, aunque no queramos, siempre estamos expuestos a recibir heridas, ya sean estas pequeños rasguños superficiales o heridas profundas y sensibles que dejan huellas y que hacen mella en la forma en cómo seguimos haciendo las cosas una vez sucedida la herida. Pero ¿Qué es una herida psíquica?
    El párrafo anterior expone con cierta franqueza una idea que parece innegable, que todos recibimos heridas en nuestras vidas de una u otra manera; pero creo que es importante detenerse un momento a definir cuáles son las cualidades de estas heridas, ¿que las convierte en heridas y no en simples experiencias? ¿Cómo sabemos cuándo son heridas mortales y cuándo son cosas que podrán sanar? Todas estas son preguntas que nos debemos hacer para empezar a reflexionar sobre este tema.
    En primer lugar, creo que es importante aclarar de donde viene la palabra “Cicatriz”. El Diccionario de la real academia española lo define de la siguiente manera:
(Del lat. cicātrix, -īcis).
1. f. Señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga.
2. f. Impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado.
   Como se ve, en la lengua castellana la palabra Cicatriz tiene dos connotaciones, una física y otra afectiva. La física es evidente porque se presta a representación a través de lo percibido por los órganos de los sentidos, es decir, es una “señal” que se ve, se percibe, se siente, que además “queda”, es consecuencia de -, por causa de -.
   Esta primera idea se puede “transferir” a las “representaciones mentales-afectivas”. Es decir, se puede usar como símbolo o metáfora de algo que se siente internamente que se quiere representar.
    La RAE señala que la cicatriz es una “impresión” que queda en el ánimo por algún sentimiento. Acá aparecen dos elementos nuevos, primero la palabra “ánimo”, que no sabemos si esto se refiere exclusivamente a los afectos-emociones o si también refiere a toda la idea de la mente y lo compleja o simple que puede ser. Por otro lado, aparece la idea que la cicatriz es consecuencia de algo, es decir, no apareció sola, algo la hizo y ese algo es la “herida o llaga”.
    Acá parece necesario definir qué es una herida. Según la RAE:
(Del part. de herir).
3. f. Perforación o desgarramiento en algún lugar de un cuerpo vivo.
5. f. Ofensa, agravio.
6. f. Aquello que aflige y atormenta el ánimo.
    En estas definiciones vuelven a aparecer dos niveles, uno donde se hace referencia a lo físico y otro a lo mental-afectivo; realizando una digresión, yo creo que esto es muy importante, porque parece indicar que lo “físico” puede servir como “modelo explicativo” de lo que creemos que pasa en la mente y esto puede ser cierto pero a la vez no. Al recurrir a un modelo físico podemos dejar por fuera fenómenos que no logran ser explicados por ese modelo. Acá hago referencia a las limitaciones del pensamiento positivista.
    Volviendo sobre el tema. Entonces las heridas y las cicatrices tienen una íntima relación, una es consecuencia de la otra. Lo que hay que explicar es como todo esto se pude ver en lo mental, (“el ánimo”) y si toda aflicción, ofensa, agravio es sinónimo de herida y cicatriz mental.
    Para intentar explicar esto voy a utilizar parte de la teoría psicoanalítica de “El yo-piel” de Didier Anzieu (1987).

    Según Anzieu, la piel es un órgano que conecta con el mundo circundante pero a la vez protege del mismo; él piensa que la piel, como representante mental, tiene varias funciones en el psiquismo, estas funciones son por un lado: sostener, contener, proteger (es decir ayuda a dar forma al “Yo”, al sí mismo, a definir quién se es), por otro lado, destaca otras funciones como las relacionadas con la individuación, la integración de las percepciones sensoriales, el fundamento de la excitación sexual, la carga libidinosa, la inscripción de huellas y la autodestrucción.
   Para fines de este ensayo me interesa desarrollar un poco más la función de protección. Anzieu plantea que la piel funciona como barrera protectora, es decir como canal que regula y protege de todo lo externo, pero no creando una coraza impenetrable sino siendo un canal permeable que conecta con lo externo pero a la vez modula, cuida lo interno.
   Si esta función de protección se afecta, si falla entonces la patología se puede orientar en al menos dos caminos; por un lado se puede encontrar personas duras, resistentes, con defensas tipo coraza, que parecen impenetrable o incomprensibles para los otros, que se encuentran aislados, separados de los demás, muy defendidos del otro; es decir, de una manera u otra, cicatrices muy gruesas que limitan en la funcionalidad de la persona, que le impiden establecer vínculos afectivos profundos y comprometidos.
    Pero, por el otro lado, si esta función es muy débil, estableciendo una analogía, se pueden encontrar personas con “heridas que no cierran”, personas que se sienten expuestos ante los demás, temerosos de la relación, son personas que se pueden sentir invadidos por el otro y los conflictos del otro, donde no hay mucha separación, esto conlleva a que se sientan expuestos e hipersensibles.
    Esto es lo que pasa con las heridas y cicatrices mentales. Se cierran y crean una coraza dura e impenetrable o quedan abiertas, sin límites, expuesta a cualquier otro elemento. Claro está, esta es una representación polar y, quizás en este resumen, un tanto extrema de lo que pasa en la mente. En la realidad, entre un extremo y el otro hay una variedad casi infinita de posibilidades, podemos encontrar heridas que empezaron a cerrar con ayuda de la psicoterapia y el acompañamiento, heridas que una vez sanadas se vuelven a abrir en una especie de resucitación de lo acontecido, heridas que aparente no dejaron marcas externas en lo que la persona muestra a los otros, pero que por dentro representan grandes limitaciones afectivas.
    Estas heridas mentales tienen, desde mi punto de vista, dos cualidades, una afectiva y otra vincular. Es decir estas marcas dejan una huella que está asociada a unas emociones, ya sea la rabia, el miedo, la tristeza o todas a la vez; por otro lado siempre tienen que ver o están circunscritas a la relación que Yo establezco con los otros. En este sentido, están relacionadas con nuestro narcisismo y nuestra alteridad.
   Para finalizar quiero invitarlos a pensar en unas palabras escritas por el psicoterapeuta  Joan Garriga:
“Se puede seguir creciendo a pesar de la heridas”.
¿Esto será cierto? ¿Son mis heridas muy profundas, tanto que me impiden crecer? O ¿Soy lo suficientemente fuerte para arriesgarme a vincularme con el otro, sabiendo que se puede fallar pero esta falla la puedo tolerar?
    Yo señalo que: “Salud también es poder amar sin tanto temor a ser herido en nuestro narcisismo. Sabernos fuertes para soportar la perdida”.
Referencias:
Didier Anzieu, 1987. “El Yo-piel”, con modificaciones. Ulnik, J., “Ël psicoanálisis y la piel”. Ed. Síntesis, Madrid, 2004.
Joan Garriga (2013). El buen Amor en la pareja. Barcelona España.
Segal, Hanna (1965 (2002)). Introducción a la obra de Melanie Klein. Traducción: Hebe Friedenthal. Barcelona: Editorial Paidós.

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